Detengámonos un momento.
Durante años, la infraestructura cloud ha crecido de forma casi invisible, impulsada por la demanda de servicios digitales y la necesidad de escalar con rapidez. Hoy, ese crecimiento plantea una pregunta clave: cómo seguir ampliando la capacidad digital sin que el consumo energético y la huella de carbono crezcan al mismo ritmo.
No es casualidad que el sector esté explorando nuevas ubicaciones, arquitecturas de refrigeración más eficientes o enfoques alternativos en el diseño de los data centers. La forma en que concebimos la infraestructura cloud está cambiando, empujada por una realidad cada vez más evidente: el crecimiento digital tiene un coste energético que ya no podemos ignorar.
Las plataformas cloud se han convertido en uno de los principales habilitadores de la transformación digital. Sin embargo, su expansión acelerada tiene un impacto directo en la sostenibilidad. Actualmente, los centros de datos consumen en torno al 1–1,5 % de la electricidad mundial, una cifra que sigue aumentando impulsada por la explosión del dato, la digitalización de procesos y la demanda constante de capacidad de cómputo. El reto ya no es solo tecnológico: es estructural y afecta directamente a cómo diseñamos y operamos estas infraestructuras.
Tradicionalmente, el debate sobre sostenibilidad en los entornos digitales se ha centrado en cómo mejorar la eficiencia. Cada vez más, la pregunta empieza a ser otra: qué tipo de crecimiento digital queremos sostener y durante cuánto tiempo.
A este escenario se suma un factor que está redefiniendo el perfil de consumo energético: la adopción masiva de la inteligencia artificial. El entrenamiento de modelos, el uso intensivo de GPU y las arquitecturas de alta densidad incrementan de forma significativa la presión sobre los sistemas de refrigeración y la eficiencia energética. La infraestructura, durante años relegada a un segundo plano, vuelve a situarse en el centro de las decisiones tecnológicas.
Cuando la sostenibilidad pasa a formar parte del diseño.
En este contexto, la sostenibilidad ha dejado de ser un objetivo añadido para convertirse en un criterio real de diseño de la infraestructura cloud. Los grandes proveedores avanzan hacia modelos carbon-aware, combinando el uso de energías renovables con la capacidad de adaptar determinadas cargas de trabajo a la disponibilidad de energía limpia.
Este enfoque, sin embargo, no es universal ni automático. No todas las cargas pueden moverse ni todos los servicios pueden ajustarse dinámicamente sin impacto en latencia, disponibilidad o experiencia de usuario. Por ello, la sostenibilidad no se resuelve con una única tecnología, sino con un conjunto de decisiones técnicas que empiezan en la arquitectura.
Optimizar el consumo implica diseñar mejor desde el inicio: automatización inteligente, observabilidad avanzada, uso de datos para la gestión de cargas y desarrollo de software más eficiente que reduzca el consumo innecesario de CPU y GPU. Cada optimización, por pequeña que parezca, contribuye a mejorar la eficiencia energética global de los data centers.
Este enfoque está impulsando nuevas formas de diseñar y operar infraestructuras cloud, donde eficiencia energética, ubicación y arquitectura forman parte de una misma ecuación.
Cuando la infraestructura se sumerge.
En la búsqueda de infraestructuras cloud más eficientes aparecen también enfoques más disruptivos, como los data centers submarinos. La idea es sencilla en su planteamiento: aprovechar el entorno natural para mejorar la refrigeración y reducir el consumo energético asociado a los centros de datos.
Los data centers submarinos se conciben como cápsulas selladas instaladas en el fondo marino, capaces de aprovechar la refrigeración natural del océano y su proximidad a zonas costeras densamente pobladas, donde se concentra una parte significativa del consumo digital. Este enfoque permite reducir de forma notable la energía necesaria para refrigeración y acercar la capacidad de cómputo a los principales núcleos de demanda, con un impacto directo en latencia y eficiencia operativa.
El caso más conocido es Project Natick, que entre 2018 y 2020 desplegó un centro de datos experimental frente a las islas Orcadas, en Escocia. El proyecto demostró una alta eficiencia térmica y una reducción notable de fallos de hardware gracias a un entorno estable y con mínima intervención humana. Desde el inicio, se concibió como un experimento orientado a extraer aprendizajes, no como un modelo diseñado para una adopción inmediata a gran escala.
Aprendizajes que trascienden el experimento.
Los data centers submarinos no están pensados para sustituir a los centros de datos tradicionales en el corto plazo. Presentan desafíos claros en términos de mantenimiento, actualización tecnológica y escalabilidad, y no encajan con todos los modelos operativos del cloud actual.
Su valor está en los aprendizajes que generan. Muchas de las ideas exploradas en este tipo de proyectos ya se están aplicando en infraestructuras terrestres: refrigeración líquida avanzada, entornos más controlados, reducción de la intervención humana y un mayor foco en la eficiencia energética desde la fase de diseño.
En este sentido, la innovación en infraestructura cloud rara vez se materializa como una solución única y replicable. Suele hacerlo como una evolución progresiva, basada en experiencias reales y en la aplicación práctica de nuevos principios de diseño.
Crecer con criterio en un entorno limitado.
Para la mayoría de las organizaciones, el objetivo no es replicar las estrategias de los grandes proveedores cloud, sino interpretar las tendencias que están marcando la evolución de la infraestructura. Los experimentos a gran escala no son recetas universales, pero sí señales claras de hacia dónde se dirige el diseño de los data centers y las plataformas cloud.
La sostenibilidad se consolida, así como un factor clave junto al rendimiento, la escalabilidad y la resiliencia. Analizar enfoques emergentes como los data centers submarinos y trasladar sus principios —eficiencia térmica, automatización y diseño consciente— permite construir infraestructuras cloud preparadas para crecer de forma responsable.
El futuro del cloud no se medirá únicamente en capacidad de cómputo, sino también en eficiencia energética, impacto ambiental y calidad de las decisiones técnicas. Y, en ese camino, incluso mirar hacia el fondo del mar ayuda a marcar el rumbo.

